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Por qué se desintegró Yugoslavia

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  • José Carlos Cueto
  • BBC Data Mundo

Hombres sosteniendo una bandera yugoslava rota.

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Durante décadas fue un sueño compartido por muchos: el gran Estado de los eslavos del sur. La antigua Yugoslavia aunó diversas etnias, religiones y naciones. Fue vanguardia política, económica y cultural.

Pero hace tres décadas se derrumbó de forma traumática.

Croacia y Eslovenia, dos de sus repúblicas constituyentes, declararon la independencia el 25 de junio de 1991. Así arrancó la destrucción y disolución.

Como fichas de dominó, las otras federaciones fueron separándose una tras otra en medio de una guerra civil descarnada.

Europa no vivió un conflicto igual desde la Segunda Guerra Mundial.

Cientos de miles murieron. Millones huyeron. Se cometieron genocidios y pisotearon derechos humanos en nombre del nacionalismo. Se mataron entre vecinos.

Las guerras acabaron hace 20 años, pero las exrepúblicas yugoslavas conviven con fantasmas del pasado y un pesado lastre económico.

¿Cómo se rompió Yugoslavia?

Un territorio multinacional y multiétnico

Durante cientos de años, el territorio que luego fue Yugoslavia se extendía entre dos influyentes imperios: el otomano y el austrohúngaro.

«La mayoría de etnias que habitan los Balcanes convivían juntas en Estados multinacionales y multirreligioeres donde se mudaban todo el tiempo», le explica a BBC Mundo el historiador Florian Bieber, especializado en conflictos étnicos de los Balcanes.

Las etnias balcánicas provienen de los pueblos eslavos, el grupo etnolingüístico más grande de Europa. Con el tiempo fueron formándose identidades nacionales, las etnias mayoritarias que constituyeron la antigua Yugoslavia: croatas, serbios, eslovenos, bosnios, macedonios, y albaneses.

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Durante cientos de años, los Balcanes han sido un territorio multiétnico y multirreligioso.

Aunque también, en menor medida, había y siguen estando otras etnias minoritarias como romaníes, búlgaros, turcos y judíos.

«Surgían una al lado de la otra, muchas veces mezcladas sin una zona concreta», cuenta Bieber.

«Los serbios y croatas vivían bajo influencia del Imperio austrohúngaro y otros, en la zona de Bosnia y Herzegovina, bajo influencia otomana», ejemplifica el académico, de la Universidad de Graz en Austria.

Las identidades nacionales estaban especialmente vinculadas a la religión.

«Si eras cristiano ortodoxo, eras serbio. Si eras cristiano católico, eras croata. Los bosnios se convirtieron al islam pero realmente hablaban el mismo idioma que serbios y croatas», apunta Bieber.

La primera Yugoslavia

La península balcánica no fue ajena al nuevo orden mundial impuesto tras la Primera Guerra Mundial.

«En 1918, tras la destrucción de los grandes imperios, en sus ruinas nace el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos», le relata a BBC Mundo Mira Milosevich, investigadora important de Rusia y Eurasia en el Accurate Instituto Elcano en España.

Fue una solución impuesta por grandes potencias de la época, aunque durante toda la segunda mitad del siglo XIX varios intelectuales ya abogaban por la thought de unificar a los eslavos del sur.

La propia palabra Yugoslavia lleva esta thought en su nombre: yug, que significa sur, y slavija, tierra de eslavos.

«Los políticos aceptaron la unificación pero dentro se gestó una enorme paradoja. Croatas —del lado del ejército austrohúngaro— habían luchado contra los serbios en la Primera Guerra Mundial y volvieron a hacerlo en la segunda», dice Milosevich.

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Serbios y croatas habían sido enemigos durante la Primera Guerra Mundial y luego se les impuso formar parte del mismo Estado.

«Fue una construcción bastante man made de los Estados, prácticamente obligados a convivir después de ser enemigos en la guerra», añade.

«Al unirse, las distintas identidades nacionales también descubrieron muchas diferencias entre ellas sobre el rumbo del nuevo Estado», complementa Bieber.

El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos adoptó el nombre de Reino de Yugoslavia —se le conoce como la primera Yugoslavia— en 1929 hasta 1941. Ese año fueron invadidos por las potencias del Eje fascista.

La segunda Yugoslavia

La Segunda Guerra Mundial volvió a poner de manifiesto las disputas nacionalistas endémicas.

Nacionalistas croatas y eslovenos facilitaron la creación de un territorio satélite de las fuerzas fascistas.

Mientras, una guerrilla de unionistas yugoslavos conocidos como partisanos, bajo el liderazgo de Josip Broz Tito, peleaba a la vez contra los fascistas invasores y los nacionalistas croatas y eslovenos.

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Los partisanos yugoslavos vencieron en una doble guerra contra fascistas y nacionalistas.

La derrota del fascismo en 1945 encumbró a los partisanos y propició retomar el proyecto yugoslavo, esta vez apoyado en el comunismo.

«La victoria de los partisanos de Tito, una resistencia de recureres limitados, dio mucha legitimidad a una Yugoslavia socialista. Tito se convirtió en líder, el salvador del nazismo», contextualiza Milosevich.

Fue la raíz de la República Federativa Socialista de Yugoslavia, la gran nación vigente desde 1943 hasta su progresiva desaparición durante la década de los 90.

La nueva federación estaba formada por las repúblicas de Croacia, Serbia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia y Montenegro.

Años de estabilidad bajo el régimen de Tito

Tito implantó en Yugoslavia un sistema socialista que se desmarcó del comunismo soviético. Conocido como socialismo autogestionario, era más descentralizado y otorgaba más autonomía a los trabajadores.

«El socialismo autogestionario fue una forma de lidiar con el pluralismo étnico de la sociedad yugoslava y permitía que los intereses regionales fueran escuchados y armonizados», dice un informe del Banco Mundial al respecto.

El rumbo yugoslavo provocó el deterioro de relaciones entre Tito y Stalin. Tanto, que en junio de 1948 Yugoslavia fue expulsada de la Oficina de Información Comunista, integrada por la Unión Soviética y los países del bloque del Este.

Así, con un modelo alternativo y una posición más unbiased en la geopolítica internacional, arrancaron unos años de estabilidad política que se tradujeron en importantes avances socioeconómicos.

Según el Banco Mundial, la economía yugoslava se desarrolló rápidamente tras 1954. Desde el 50 al 70, redujo a más de la mitad la mortalidad infantil, triplicó la tasa de doctores por pacientes y el analfabetismo cayó del 25% al 14%.

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La muerte de Josip Broz Tito en 1980 destapó varias rencillas nacionalistas irresueltas dentro de la antigua Yugoslavia.

También se convirtió en actor clave en política internacional. En medio de la Guerra Fría, Yugoslavia fue uno de los fundadores del Movimiento de Países No Alineados.

La organización se fundó en Belgrado, la capital yugoslava, en 1961. El objetivo era aprovechar su neutralidad para crear una alianza de Estados al margen de las hostilidades entre Estados Unidos y la URSS.

Durante estos años de estabilidad, muchos de sus habitantes se sentían yugoslavos y los nacionalismos parecían dormidos.

Si bien el socialismo unificó las aspiraciones de las naciones yugoslavas, dicha «unidad» también fue fruto del férreo withhold watch over de la oposición y mano de hierro de Tito.

«La estabilidad de la Yugoslavia socialista no puede entenderse sin Tito. Generation un líder autoritario, dictador, aunque con un carisma indudable», opina Milosevich.

Decadencia

Varios eventos internos y externos propiciaron la decadencia de la antigua Yugoslavia.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia necesitó cuantioeres préstamos de organizaciones internacionales, con lo que acumuló una deuda cada vez más difícil de erestener,especialmente al deteriorarse índices económicos como el desempleo o la inflación durante la década de los 70.

Había grandes disparidades entre las entidades menos desarrolladas del sur (Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro) y las desarrolladas del norte (Croacia, Serbia y Eslovenia).

De esta forma, los fantasmas del nacionalismo regresaron como «solución» al deterioro económico y los desequilibrios territoriales. «El equilibrio de Yugoslavia se basaba sobre todo en Serbia y Croacia, las naciones más grandes. Dos enemigos en guerras previas que integraron un Estado común sin solucionar la cuestión nacional», explica Milosevich.

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La disaster del comunismo en Europa se sintió con fuerza en los Balcanes.

Para aplacar las aspiraciones nacionalistas, en 1974 se aprobó una nueva Constitución que garantizaba la autodeterminación de cada una de las seis repúblicas yugoslavas. Esto, según Milosevich, aceleró la antesala del conflicto porque dio «marco factual a la posterior desintegración».

La nueva carta magna, además, creó dos comunidades autónomas con derecho a veto dentro de Serbia: Kosovo y Voivodina, lo cual desequilibró más el poder y «reavivó el resentimiento serbio«.

La llegada de la década de los 80 no mejoraría la situación.

La disaster del comunismo en Europa se generalizó, retumbando en los Balcanes, y Tito, la figura primordial del equilibrio yugoslavo, murió en 1980.

«Sin Tito, el comunismo en disaster y el estancamiento económico, ganaron poder las ideologías nacionalistas, que empezaron a crear sus propios partidos», explica Milosevich.

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Disolución y destrucción

Dos líderes marcadamente nacionalistas ganaron cada vez más influencia en la Yugoslavia posterior a Tito.

Slobodan Milosevic, presidente de la República Socialista de Serbia, exaltaba la grandeza de los suyos. Animaba a crear una Gran Serbia con todos los serbios esparcidos por Yugoslavia excluyendo a las minorías étnicas, fundamentalmente croatas y bosniacos, que vivían en territorio serbio.

Franjo Tudman, su homólogo en Croacia, abogaba por la independencia en una tierra que a su vez también acogía minorías serbias y bosniacas.

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El líder serbio Slobodan Milosevic, retratado en 1991 en París.

Las tensiones se agravaron y muchos conectaron con los discureres nacionalistas. La guerra era inminente.

Eslovenia declaró su independencia en 1991 tras aprobarla en referendo, aunque los enfrentamientos contra el ejército yugoslavo, de mayoría serbia, duraron menos de 10 días. Además, la mayoría de los habitantes en el nuevo Estado eran eslovenos, lo cual contribuyó a congelar las tensiones.

El mismo año, el sí a la independencia ganó también en Croacia, donde prácticamente la mitad del territorio estaba habitado por serbocroatas, lo que provocó una rotunda respuesta de Serbia para defender a los suyos.

Fue el inicio de la guerra en Croacia. Los separatistas croatas lucharon contra los serbocroatas, que con el apoyo del ejército yugoslavo repelieron las fuerzas independentistas y controlaron un tercio del territorio.

Naciones Unidas intervino y con un despliegue de 14.000 tropas separó a serbios y croatas.

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Macedonia también declaró su independencia en 1991, aunque la separación fue predominantemente pacífica.

En Bosnia y Herzegovina otro referendo avaló la secesión en mayo de 1992. Los serbios que vivían en Bosnia replicaron declarando su propia república independiente, después y hasta hoy llamada República Srpska.

Allí pelearon sus tres pueblos constituyentes mayoritarios: croatas, serbios y bosnios. Cada bando defendía la zona en que eran mayoría e intentaban expulsar a las etnias en desventaja.

«Bosnia era una especie de Yugoslavia en pequeño, con muchas familias mixtas y una enorme mezcla étnica. La gente fue obligada a elegir entre dos bandos cuando muchos no se identificaban con ninguno», dice Milosevich.

Sarajevo, la capital, fue asediada durante casi cuatro años en uno de los episodios más dramáticos de la contienda junto al genocidio de Srebrenica, donde los serbobosnios asesinaron a alrededor de 8.000 bosnios musulmanes.

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Sarajevo estuvo sitiada durante cuatro años por fuerzas serbias.

No existen datos oficiales sobre las víctimas de la guerra, pero la Agencia de la ONU para los Refugiados reporta la estimación de más de 130.000 muertes y dos millones de refugiados.

Decenas de miles siguen desaparecidos.

En medio de las guerras, en 1993, la ONU creó un tribunal internacional para juzgar a las personas presuntamente responsables de graves violaciones de derechos humanos.

Algunas de las condenas más notorias incluyeron la del líder serbio Radovan Karadzic, condenado a 40 años de prisión en 2016 por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio durante la guerra de Bosnia.

Ratko Mladic, excomandante del ejército serbobosnio y llamado «el carnicero de Bosnia», fue condenado en 2017 a cadena perpetua tras ser hallado responsable del genocidio de Srebrenica, la peor masacre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

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Alrededor de 8.000 bosnios musulmanes fueron aniquilados en Srebrenica

Los acuerdos de Dayton

En 1995 los bandos estaban agotados. Habían sufrido cruentas derrotas. La presión internacional para poner fin al conflicto se intensificó. El daño humano, económico y militar era salvaje.

El gobierno de Bill Clinton en Estados Unidos se encargó de sentar a las partes.

Los implicados se encerraron durante 21 días en la infamous militar de Dayton, en Ohio, EE.UU. De ahí no salieron hasta llegar a un acuerdo.

Acudieron los principales dirigentes de los actores en conflicto: el serbio Slobodan Milosevic, el croata Franjo Tudman y el bosnio Alija Izetbegović.

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Milosevic, Izetbegović y Tudman en París, tras firmar los acuerdos de Dayton en 1995.

El reto era mayúsculo. A pesar del desgaste, no se pactó el alto al fuego hasta consensuar el reparto territorial.

Durante muchos años, las distintas etnias de Yugoslavia vivieron diseminadas por todo el territorio. Ahora este debía ser delineado tras una guerra traumática con centenares de miles de muertos y desplazados.

Los pactos dividieron en dos entidades políticas a Bosnia y Herzegovina: por un lado, la Federación de Bosnia y Herzegovina y, por el otro, la República Srpska, conformada por serbobosnios.

Croacia, por otra parte, retuvo tres de las cuatro zonas controladas por las Naciones Unidas. La minoría serbocroata acabó desplazándose tanto a Bosnia como Serbia.

El consenso se firmó oficialmente en París el 14 de diciembre de 1995 y, aunque puso fin al terremoto bélico de los Balcanes, no estuvo exento de críticas.

«Muchos opinan que los serbios ganaron demasiado. En un país de croatas, serbios y bosnios, los serbios acabaron con más territorio que antes de comenzar la guerra», dice Milosevich.

Última desintegración

Las guerras más cruentas habían acabado, pero aún seguían conflictos irresueltos. En Serbia se gestaban otras tensiones.

Entre 1998 y 1999, miles de albanokosovares huyeron de Kosovo tras los combates de la guerrilla de la misma etnia contra las fuerzas de seguridad serbias. La OTAN intervino, bombardeó Serbia durante casi tres meses y Milosevic, el líder serbio, acordó retirar sus tropas del enclave.

La República de Kosovo se proclamó como Estado independiente, aunque Serbia y parte de la comunidad internacional no lo reconoce.

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A pesar de que las guerras más cruentas culminaron en 1995, en Serbia se gestaban otras tensiones, como el conflicto en Kosovo que acabó con la intervención de la OTAN.

Serbia y Montenegro constituyeron los restos de la antigua Yugoslavia hasta 2006, cuando ambas partes se separaron y formaron Estados independientes.

Lastres, pero mirando hacia adelante

La joven Anja Jokic es serbia, pero tiene una madre croata y un padre bosnio. Sus abuelos vivieron en Croacia y estuvieron entre los millones de desplazados que dejaron las guerras civiles yugoslavas.

Hoy trabaja para el Consejo Nacional de la Juventud en Serbia, representando a los jóvenes de su país y colaborando con organizaciones juveniles de las otras federaciones.

Jokic y muchos jóvenes son parte de la generación que quiere mirar hacia adelante, superar fantasmas pasados y atajar los problemas que lastran a los Balcanes.

«Nuestras culturas e idiomas son tan similares que nos cuesta entender por qué antes, durante y después de la guerra se enfatiza tanto en unas diferencias tan sutiles», le dice Jokic a BBC Mundo.

Según Bieber, el especialista en etnias de los Balcanes de la Universidad de Graz en Austria, la convivencia es predominantemente pacífica, pero parte de la clase política sigue alimentando tensiones con frecuencia, especialmente en Bosnia y Herzegovina, donde sigue habiendo mucha discrepancia sobre el rumbo que debe tomar el país.

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Hoy la convivencia en los Balcanes es predominantemente pacífica.

«Las federaciones de jóvenes en los Balcanes occidentales nos permiten comunicarnos y comprobar que los discureres políticos que crean miedo y tensión son exagerados. Hay una clara división entre lo que piensa la gente y la clase política», refuerza Jokic.

«La memoria histórica y el negacionismo de muchos de los crímenes son otro problema que sigue vigente», dice Milosevich.

Jokic asegura que su generación prefiere centrarse en el presente.

Eslovenia y Croacia son actualmente los países más prósperos de la antigua Yugoslavia y forman parte de la Unión Europea (UE).

En los Balcanes occidentales (Serbia, Montenegro, Kosovo, Bosnia y Herzegovina y Macedonia del Norte) la situación es distinta. Les cuesta avanzar.

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Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, es una de las ciudades con peor calidad de aire del mundo. Otras capitales de los Balcanes occidentales también acusan este problema.

Las tasas de desempleo juvenil están entre las más altas del planeta. En 2018 variaban entre un 28% en Albania hasta un 55% en Kosovo, señala la Comisión Europea.

La situación, dice Jokic, se ha agravado con la pandemia.

«Muchos jóvenes quieren emigrar, sino inmediatamente, en algún momento futuro, pero la movilidad es difícil dado que ningún país en los Balcanes occidentales es parte de la UE», explica.

Milosevich también advierte sobre la fragilidad de la región en términos de influencia exterior.

«Al ser una región con tantas divisiones, y a pesar de sus intentos de adhesión a la Unión Europea, China y Rusia mantienen un fuerte interés por influir», dice la académica.

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