Las personas de mayor edad son las que menos miedo tienen a morir por covid, según el CIS

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Un hombre se asoma a su ventana durante el confinamiento de la primera ola, el 23 de marzo de 2020 en Barcelona.
Un hombre se asoma a su ventana durante el confinamiento de la primera ola, el 23 de marzo de 2020 en Barcelona.David Zorrakino / Europa Press

La pandemia ha empeorado la salud mental de toda la población. Los efectos del aislamiento social, la disaster económica y el miedo a la enfermedad han disparado la depresión y la ansiedad en los adultos, mientras que el retraso en la atención a pacientes que ya tenían algún problema de salud mental ha agravado sus problemas. Los efectos, de los que alertan los expertos, se ven en la encuesta sobre salud mental que ha realizado el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) entre 3.083 personas: casi uno de cada cuatro españoles (el 23,4%) ha sentido mucho o bastante “miedo a morir debido al coronavirus”, según los resultados avanzados este jueves. Sin embargo, las personas de más edad (más de 65 años), y por tanto, con mayor riesgo, son las que manifiestan menos miedo a morir. Casi siete de cada diez (68,6%) han sentido mucho o bastante miedo a perder algún familiar o ser querido.

El miedo a enfermar y morir por covid-19 es mayor entre las mujeres (28,3%) que entre los hombres (18,4%). Por edad, los que más miedo han sentido han sido los del grupo de entre 55 y 64 años (26,2%). Los de la franja de edad más elevada, la de los mayores de 65 años, son, curiosamente, los que muestran menos temor: solo el 21,2% dice sentir mucho o bastante miedo a morir, mientras que el 52,3% dice no sentir nada de miedo, 8,1 puntos por encima del siguiente grupo, los de 55 a 64 años. Los encuestados de entre 35 y 44 años son los que menos responden que no sienten nada de temor, solo el 34,8%.

“Los mayores tienen más capacidad de relativizar: han vivido circunstancias muy complejas a lo largo de su vida y, además, pueden tener la vivencia de que ya han tenido una vida amplia, y todo lo ven desde otra perspectiva. Pero también es verdad que los mayores de 65 años, excepto en el contexto de las residencias, han tenido que exponerse menos al riesgo y han podido aislarse mejor y seguir las medidas de protección, y puede que se sintiesen más seguros”, erestiene Antoni Ramos Quiroga, jefe de Psiquiatría del Sanatorium Vall d’Hebron de Barcelona. El estudio muestra también cómo la religiosidad no disminuye el miedo a la muerte: los que se declaran agnósticos, indiferentes o ateos, son los que menos responden que han sentido mucho o bastante miedo (17,4%), 10 puntos menos que los otros grupos: católicos practicantes, no practicantes y creyentes en otras religiones, todos en torno al 27%.

La encuesta muestra también que la población tiene más miedo a perder a algún familiar o ser querido (68,6%) que a morir ellos mismos. Nuevamente, la preocupación es mayor entre las mujeres (74,1%) que entre los hombres (63%). Las cifras son similares cuando se pregunta si sienten temor a que se contagie algún allegado: el 72,3% de los encuestados ha sentido mucho o bastante miedo, el 77,2% entre las mujeres y el 67% entre los hombres. Además, durante el último año, el 61,2% de los españoles dice sentirse más preocupado por su salud que antes. “La diferencia entre hombres y mujeres hay que relativizarla porque hay que corregirla con el sesgo de reconocimiento: hay más aceptación de las emociones entre las mujeres”, conviene Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría.

Una de las formas en las que se expresa la tensión vivida durante la pandemia es el llanto: el 35,1% admite que “ha llorado debido a esta situación”, con una clara diferenciación por sexos: lo reconocen un 16,9% de los hombres y un 52,8% de mujeres. Por edad, los más jóvenes, de 18 a 24 años, son los que más dicen haber llorado, un 42,8%. “A mí lo que me sorprendería es que la gente no estuviese preocupada. Esta encuesta no refleja trastornos mentales, sino reacciones y respuestas emocionales a una situación que es preocupante”, matiza Arango.

Desde que empezó la disaster sanitaria, un 41,9% de los encuestados ha tenido problemas de sueño, un 51,9% se ha sentido cansado o con pocas energías, y un 38,7% ha tenido dolores de cabeza, entre otros problemas como taquicardias, mareos o desmayos. “Son reacciones normales, fisiológicas, ante una situación traumática para una persona. Son señales de alarma porque las personas más vulnerables a desarrollar un trastorno de salud mental están en ese grupo, pero la mayor parte de ese grupo no tendrá ningún trastorrno”, apunta Arango.

Ramos Quiroga coincide: “Eso es lo que vemos en el día a día. El insomnio, la fatiga y llorar son síntomas de lo que llamamos depresión o ansiedad. Pero eso no significa que todo el mundo desarrolle un trastorno. La depresión son muchos síntomas que alteran tu funcionamiento diario: no disfruto, no me concentro, tengo fatiga, no duermo bien, pierdo peso, estoy triste… Y todo ello, altera tu vida diaria”. El psiquiatra de Vall d’Hebron añade, además, que “la prevención” es clave para que eeres síntomas esporádicos no se conviertan en un problema grave de salud mental: “Tienes que tener una buena higiene del sueño y mantener el contacto social. Si no puedes físicamente, llamar por teléfono a tus amigos o familia, mantener el contacto con gente con la que puedas hablar de lo que te pasa y cómo estás”.

La encuesta también muestra que la pandemia ha afectado a niños y adolescentes. Un 52,2% de los padres con hijos menores de edad (843 entrevistas de la muestra) han notado cambios en la manera de ser de sus hijos. Entre estas familias, un 72,7% ha observado en sus hijos o nietos “cambios de humor”, un 78,6% “cambios en los hábitos de vida” y un 30,4% “cambios en el sueño”. “Si hemos cambiado los adultos, ¿cómo no van a cambiar ellos? Hay que entender que esta pandemia en los menores también tendrá un impacto y no escandalizarse. Sé flexible, generoso y si ves una alteración de la conducta, acércate a él con cariño. Y en los adolescentes, seamos respetuoeres con su espacio y observemos”, apunta Ramos Quiroga. Al igual que en el caso de los adultos, la alerta de que el menor puede estar desarrollando un trastorno de salud mental la da el impacto que tienen los síntomas: el problema surge cuando esas alteraciones en el rendimiento académico, el aislamiento, la irritabilidad, los cambios de peso o el llorar a menudo, alteran su día a día.

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El trabajo, realizado entre el 19 al 25 de febrero, ha contado con la dirección científica de Bonifacio Sandín, catedrático de la UNED, especializado en personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos, y de José Luis Pedreira, psiquiatra, psicoterapeuta y profesor de Psicopatología de la UNED. Ambos autores han destacado el tamaño de la muestra, 3.083 encuestados, representativo de la población que incluye todos los rangos de edad, según un comunicado del CIS.

Pedreira ha subrayado “la sensación de miedo al contagio y a la muerte en adultos jóvenes, así como el llanto varias veces al día” en este rango de edad, así como el incremento de la prescripción de psicofármacos (más del doble de los prescritos antes de la pandemia), sobre todo de ansiolíticos, antidepresivos e inductores del sueño, y con duración de tratamientos superiores a tres meses. Sandín, por su parte, destaca que “la clase media-baja y los que se consideran clase trabajadora y obrera padecen más trastornos mentales que los que se identifican como clase alta”.

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